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La elección en la forma de expresión |
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Saber
dibujar no quiere decir dibujar bien, no es un buen dibujo sólo aquel
que es académico o realista. El
autodidacta, como el capacitado idóneamente, pueden concretar un dibujo
de forma excelente, con una educación visual y armónica interior y particular, y una técnica que puede ser aprendida
de forma autodidacta, captando la
realidad, y plasmando
su imagen individual y personal, permitiéndose de manera mágica la
concreción del dibujo o de la pintura, sin pautas preestablecidas. A
veces basta una mancha de color para crear la imagen deseada. Hay teorías que dicen que primero hay que aprender a dibujar para después pintar, ya que los colores de esta manera se ponen en un contorno bien preparado. Podemos leer entre líneas que nos dicen que el color es considerado solo el relleno de lo dibujado, algo secundario, que lo principal es el dibujo. En otras teorías el color es el protagonista principal del trabajo, por el cual vibra la pintura, cada detalle colorido, o la simple distribución de colores, de sombras y de luces hacen que se representen con magia los objetos. Ninguna de las dos teorías es valedera, son en general, absolutamente personales. Aquí lo que más vale es la forma de expresión individual. Hay veces que un artista es mejor dibujante que pintor, o mejor pintor que dibujante, o hay quienes se manejan mejor con el espacio y hacen escultura, o quienes por medio del grabado logran plasmar más texturas a través de grosores de papeles, o simplemente los que toman fotografías, quienes realizan en su propio laboratorio los juegos de técnicas fotográficas por medio de químicos. Todo esto es absolutamente personal también con respecto al color: hay quienes trabajan en blanco, grises y negros, otros que usan colores puros con distintos valores, otros hay que prefieren los trabajos monocromáticos en distintas escalas de valores, o bicromáticos; sólo dos colores con sus respectivos valores. El color como color mismo, es enigmático y hace que al observarlo, algunos nos atraigan más que otros, o sea preferencia y elección, por eso también hay que aprovechar al máximo la musicalidad que cada uno emite. El ojo inexperto atribuye a cada objeto un color determinado, pero en la naturaleza y también en un cuadro, ningún color existe por sí solo. Por ejemplo el cielo no es celeste, siempre hay variables del tono en cuanto al grisáceo, violáceo o rosado. Un árbol no necesariamente tiene el tronco marrón y la copa verde, ya que puede ser elaborado con múltiples colores. La naturaleza se ocupa de mostrarnos los colores, uno junto al otro, como si uno surgiera del otro, en realidad todo color vale, dependiendo del color que tiene al lado. © 2000 Susana Weingast Copyright
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